Rodríguez Santos Leonardo Tonatiuh
Hace 2 meses
La experiencia comenzó con el ramen de mantequilla, un platillo cuyo nombre ya anticipaba un perfil graso, pero aun así sorprendió por lo desbalanceado de su sabor: la mantequilla dominaba por completo, opacando el resto de los ingredientes. Aunque no fue un mal plato, definitivamente no destacó ni se convirtió en uno de los mejores momentos de la noche.
Como entrada pedí panes y gyozas, cuya salsa fue uno de los aciertos del lugar. Ligera, con toques cítricos y un delicado matiz de limón, resaltó muy bien la textura de las piezas y aportó frescura al conjunto.
El onigiri, en cambio, dejó mucho que desear. En un plato donde el arroz debe ser protagonista, se presentó seco y dorado, sin permitir que su calidad brillara. Los sabores, nuevamente, resultaron demasiado fuertes y poco equilibrados, lo que rompió la armonía que uno esperaría de esta preparación tradicional.
Afortunadamente, la velada cerró con lo que sin duda es la joya del lugar: el mil crepas de matcha. Un postre excepcional, con una crema perfectamente balanceada y un sabor a té verde claro, elegante y sin amargor. El emplatado acompañaba el nivel del sabor, con frutas frescas y un crumble que aportaban textura y contraste. Simplemente imperdible: no se puede abandonar el establecimiento sin probarlo.