Adnan Dossaji
Hace 2 meses
Escondido en una callecita fuera del barullo turístico, este sitio fue todo un descubrimiento. Vinimos con idea de picar algo y acabamos quedándonos horas, entre risas, platillos y copas. El solomillo fue la joya de la noche—al punto, jugoso, y con ese toquecito que lo hace de diez. Pedimos varias tapas para compartir: las croquetas de jamón estaban de escándalo, las bravas con su salsita bien cañera, y el pulpo a la brasa… brutal, voló en segundos.
De beber, nos tiramos a la sangría—la de cava súper fresquita y la clásica con un toque especiado que entraba sola. Y cuando pensábamos que ya lo habíamos visto todo, zas, nos traen unos chupitos de limoncello por la casa. Un detallazo. El servicio fue muy majo, atentos sin agobiar, aunque hubo algún que otro parón entre platos que rompió un pelín el ritmo.
Ideal para ir con colegas, charlar, brindar y zamparse cosas ricas sin postureos. No fue todo redondo, pero el rollo del lugar, el nivel de la comida y lo bien que nos trataron hacen que merezca mucho la pena. Le faltó un pelín para bordarlo, pero oye, repetiríamos sin pensarlo.